La justicia no es universal, es negociable
¿Por qué hay un trato desigual a la hora de condenar los excesos del gobierno de Irán y el de Israel?
La pregunta toca una de las grietas más visibles del orden internacional actual: la aplicación desigual del derecho y de la indignación. Voy por partes:
1) Poder, alianzas y veto
Israel no es un Estado aislado. Es un aliado estratégico central de Estados Unidos y de varias potencias occidentales. Eso tiene una consecuencia concreta y muy poco filosófica: protección política.
En el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, EE. UU. ha usado su derecho de veto reiteradamente para bloquear resoluciones que implicaban sanciones duras contra Israel. Sin sanciones del Consejo, el sistema internacional queda prácticamente manco. No es una falla técnica: es diseño puro del orden de posguerra.
Irán, en cambio, no tiene padrinos con veto que lo protejan de ese modo.
2) La narrativa dominante
Israel ha logrado instalar —con éxito sostenido— una narrativa clave:
“Toda acción militar es defensa frente al terrorismo.”
Esa frase funciona como un escudo moral preventivo. Cuando mueren civiles, periodistas, personal humanitario o niños, el discurso oficial no niega el daño, pero lo encuadra como “daño colateral inevitable”.
Irán, por el contrario, es narrado como represor interno, régimen teocrático, amenaza nuclear, enemigo del orden liberal. Eso habilita una condena automática sin demasiados matices.
No es que uno sea inocente y el otro culpable. Es que uno controla mejor el relato.
3) Selectividad del derecho internacional
El derecho internacional no es ciego. Funciona más como un semáforo manejado desde arriba.
La Corte Penal Internacional ha sido extremadamente cauta con Israel, en parte por presiones políticas y en parte porque Israel no reconoce su jurisdicción. Irán tampoco la reconoce, pero en su caso eso no impide sanciones económicas, diplomáticas y simbólicas masivas.
Resultado: la ley se aplica con diferente intensidad según el peso geopolítico del acusado.
4) El factor histórico y emocional
Europa y Estados Unidos cargan con una culpa histórica profunda por el Holocausto. Esa memoria, legítima y necesaria, a veces se transforma en inmunidad política heredada, como si criticar a Israel fuera automáticamente antisemitismo.
Irán no tiene ese capital moral histórico. Todo lo contrario: su revolución islámica lo colocó desde 1979 en el rol de antagonista civilizatorio para Occidente.
5) ¿Hipocresía? Sí, estructural
La diferencia de trato no se explica por los hechos, sino por quién los comete.
No es que el mundo “no vea” lo que pasa en Gaza o Cisjordania. Lo ve. Lo documenta. Lo archiva. Pero decide no actuar con el mismo rigor.
Eso erosiona gravemente la credibilidad moral de Occidente cuando habla de derechos humanos en otros contextos, como Irán. No porque Irán sea inocente —no lo es—, sino porque la vara cambia según el actor.
En síntesis
No hay dos éticas, pero sí dos velocidades de indignación.
No hay dos derechos internacionales, pero sí dos jerarquías de aplicación.
Y mientras eso siga así, el mensaje implícito al mundo es peligroso:
La justicia no es universal, es negociable.
Ese mensaje, tarde o temprano, vuelve como boomerang. Porque cuando la ley deja de ser imparcial, deja de ser ley y se convierte en herramienta de poder.